octubre 26, 2010

De chapuzas

Hago memoria y recuerdo vagamente de boca de mi madre salir el término “chapucero” refiriéndose a alguien que hacía trampas, con el fin de conseguir algo, particularmente con chantajes más que trampas. Una chapuza entonces debía ser un chantaje propiamente dicho. Sin embargo a mí, el chapucero me sonaba más a una forma de llamar a una lluvia abundante (aguacero era el equivalente de chapucero en mi fuero interno). De esta forma comencé a percibir a la chapuza como un insight degenerado, una forma de conseguir algo que caía estrepitosamente, como un cubetazo de agua, un chaparrón intelectual.

Buscando una forma de denominar aquellas situaciones en las que sin quererlo pronunciamos alguna frase o realizamos un acto que azarosamente resulta atinado y resuelve alguna situación o da conclusión contundente y generalmente ridícula debido a su alto grado de certeza y comicidad.

Para aclarar mejor mi punto, doy a conocer tres chapuzas de las cuales dos son protagonizadas por un servidor:

1. En la facultad tuve un profesor que solía dejarnos varios ejercicios extra clase con el fin de desarrollar lo aprendido durante la lección, finalidad legítima de toda tarea. Después de escribir la página donde encontraríamos dichos ejercicios solía decir una frase de Siqueiros que rezaba “el único y verdadero maestro es el problema”, con la intención de hacernos notar que reforzaríamos lo que nos acababa de enseñar si hacíamos las tareas indicadas. En alguna ocasión la clase se le fue de las manos y, al intentar dejar un problema para ser resuelto en casa volteó diciendo - “porque como dijera Siqueiros…” – y al ver mi cabeza moviéndose afirmativamente expresando de esa forma un “sí, ya nos lo dijo mil veces”, me invitó a que terminará la frase del muralista mexicano, entonces hablé: “El único y verdadero problema es el maestro”, dije. La clase entera fue una sola risa uniforme.
2. Hace algunos años, harán cuatro si no mal recuerdo, me encontraba en casa de una novia con sus papás en alguna reunión familiar donde se celebraba probablemente un cumpleaños. Comíamos, bebíamos y platicábamos. No recuerdo qué caminos tomaba la conversación pero en un punto se comenzó a tocar el tema de la censura, ante lo cual el papá dijo “No he ejercido la censura en mi casa. Mis hijas siempre han decidido qué ver con base en los valores que inculcamos. Cuando vimos ‘Adios a las Vegas’ mis hijas eran pequeñas y no tuvimos que decirle a N (mi novia en ese entonces) que no viera lo que estaba pasando en la tele, ella sola se fue, no tenía nada qué verle a un tipo emborrachándose hasta morir…” En ese momento voltean los presentes hacia mí mientras emito un “aaahhh” en forma de queja lastimosa y sostengo entre mis manos una botella de cerveza.
3. Un compañero en sexto grado de primaria al que se apodaba “El tomatón” observa un hoyo en la pared intentando ver una pequeña rata que le habían dicho se escondía ahí. Cuando la maestra llega ésta le toca el hombro y el otro atinadamente le dice “¡Oh, ‘pérate güey! ¿Qué no ves que estoy viendo a la ratita?”

Y usted querido lector ¿ha protagonizado alguna chapuza?

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